De Cibeles al Prado

21/05/2017 01:30 | Actualizado a 21/05/2017 04:02

Ha sido un buen golpe de efecto. Desplazarse a Madrid para emplazar a Rajoy desde el mismo epicentro, geográfico y político, de la capital: el antiguo edificio de Correos, hoy sede del Ayuntamiento, en la calle de Alcalá –la más castiza–, cuya fachada ­principal da a la diosa Cibeles. A sólo unos pasos del Museo Nacional del Prado, que exhibe hasta septiembre una muestra extraordinaria de los fondos de la ­Hispanic Society, esa benemérita ­institución cultural que España debe al ­filántropo estadounidense Archer M. Huntington, distinguida con el premio Princesa de Asturias a la Cooperación 2017.

Pues bien: mañana estará allí, en el Consistorio madrileño, el president Puigdemont. “Un referéndum para Catalunya. Invitación a un acuerdo democrático”, así se rotula el acto. Intervendrán también Junqueras y Romeva. Estas presencias se valoran en la capital como una escenificación para “cargarse de razón” en la reclamación de la consulta. La representación se va a consumar, además, en una fecha poco productiva mediáticamente: mañana el país estará digiriendo los resultados de las primarias socialistas que se dirimen hoy en las urnas.

El calendario, pues, no está despejado para prestar demasiado atención al dirigente soberanista, quien reiterará por enésima vez la oferta de negociar un referéndum, la pregunta, el cómo y el cuándo. El Gobierno no está en modo escucha y el PSOE atraviesa por un trance existencial que no le permite salir de cuidados intensivos, en tanto que Podemos oficiará de anfitrión del president después de que a la alcaldesa le parezca “estupendo” que se publicite el proceso secesionista desde el Ayuntamiento de la capital de España. Muchos ciudadanos de Madrid no coinciden con ella.

No hay que dramatizar la cesión de un espacio del edificio de la plaza de Cibeles (una sala con 262 plazas). Estos requiebros de Ahora Madrid son también maneras simétricas a las de los secesionistas de elaborar su propio relato político. Ellos son antisistema y comparten oportunidades con los que coyuntural o estructuralmente también lo desdeñan. Cuesta creer que el eficiente Ferran Mascarell, delegado de la Generalitat en Madrid, no haya encontrado otro auditorio suficientemente céntrico, amplio y significativo para acoger al president de la Generalitat. Ninguno, sin embargo, tan polémico como albergar ese acto en la casa común de los ciudadanos de Madrid. El Congreso, pese a Sáenz de Santamaría, ni fue ni es alternativa.

Después de visitar Tesoros de la Hispanic Society of America en el Museo Nacional del Prado, bajo el subtítulo
de Visiones del mundo hispánico, bastaría una remisión a la contemplación bien expuesta y mejor ordenada de estas obras para justificar de manera plena y rotunda el porqué de la España en la que se integra Catalunya. El recorrido de la muestra lleva al visitante saltando de época en época en la conformación del país desde el punto de vista cultural que es la trabazón más importante de todas las posibles nacionalmente hablando, por plural que sea la nación española, que lo es.

La planta segunda de la exposición tiene los acentos periféricos de los vascos Zuluaga y Zubiarre, del valenciano Sorolla y de los ­catalanes Isidre Nonell, Santiago Rusiñol, Hermen Anglada Camarasa y Ramon Casas i Carbó. Impresiona y congratula el cuadro, originalísimo, del leri­dano Miquel Viladrich bautizado Catalanes de Almatret. Y, por supuesto, la galería de ­retratos de Sorolla
con las grandes personalidades españolas del primer tercio del siglo XX, la era de la modernidad en ­España.

Si el president Puigdemont encontrase un rato para, caminando por el paseo del Prado, acercarse al museo para contemplar –al margen de que conozca la Hispanic Society de Nueva York– esta muestra que permanecerá en Madrid hasta septiembre, quizás podríamos comenzar a entender que separarnos, catalanes y los demás españoles, y no saber encontrar de nuevo el punto de conexión es un contrafuero histórico, una insensatez de proporciones colosales. En la exposición el responsable del Govern de la Generalitat se encontraría con el viejo amigo Don Gaspar de Guzmán, el conde duque de Olivares, retratado en todo su poderío por Diego de Velázquez, personaje tan presente en la historia de Catalunya. Y podría observar toda la luz del Mediterráneo, la amplitud de miras artísticas de los pintores catalanes, la grisura de los vascos y el mestizaje estilístico de los madrileños.

Ferran Mascarell –todavía está a tiempo– podría haber organizado el acto de mañana del president en Madrid con mayor perspicacia. Bofetada al Gobierno al hacer del Ayuntamiento de Madrid el púlpito secesionista, y caricia a la sociedad española –catalana incluida– con una visita a los Tesoros de la Hispanic Society of America, aunque sólo fuera para homenajear a los muchos artistas de Catalunya que forman parte de esas Visiones del mundo hispánico que el mecenas Archer M. Huntington jamás pensó en desgajar de una contemplación completa e íntegra de España.

La cultura –en castellano, en catalán, en gallego, en euskera– nos rescata de la atomización y el desencuentro si encontramos en ella los valores más universales que vinculan a las sociedades con sensibilidad colectiva y aprecian la belleza reflejada en obras que son mojones de ese camino que hemos andado –seguimos andando– juntos. Y ya puestos, podría el dirigente catalán –si acaso aún no lo ha hecho– caminar cinco minutos más y llegarse a CaixaForum, donde se exponen 145 obras de Ramon Casas i Carbó con motivo de su 150.º aniversario.

Madrid debería ser para Puigdemont algo más que una conferencia. Debería ser una ruta, un largo paseo, una conversación con gentes que están dispuestas a escucharle –aunque en desacuerdo con sus tesis–, una estancia para salir de esa noria argumental del “referéndum o referéndum”. Porque, antes o después, como me confesó un catalanista partidario de la independencia, alguien deberá dar un paso atrás, o quizás deban hacerlo los unos y los otros, al alimón.