La crisis global

21/07/2018 00:22 | Actualizado a 21/07/2018 02:27

Superada esta semana de infarto, con final depresivo para los unos, y erótico-festivo para los otros, no parece que los próximos tiempos sean más calmados y menos complejos. España es, hoy por hoy, un territorio minado, con todas sus crisis abiertas en canal, ninguna de ellas en mejor situación que antes de la gran crisis territorial. Al con­trario, todas se han agravado al ritmo que se agravaba la crisis catalana, no en vano la tentación de resolver un conflicto político vía porras y togas sólo podía provocar lo que ha provocado: que se resquebrajara la solidez del Estado de derecho y empeoraran sus problemas endémicos. Lejos de asumir el reto catalán con la mirada del siglo XXI, España ha intentado dinamitarlo con el sable del siglo XIX y los pronunciamientos del XX, y el resultado es catastrófico para la propia España: no ha ­resuelto el conflicto catalán, ha arrastrado su imagen ante Europa y ha dinamitado los diques que taponaban sus propias fugas de agua. El “a por ellos” ha acabado teniendo un demoledor efecto bumerán, convertido en un letal “a por nosotros”. Y el panorama, para la propia España, es desolador.

Primero, la cuestión territorial. Quizás sea de digestión lenta y quizás los Rodrigos y Pelayos que pululan por el deep state y controlan buena parte del poder no sean capaces de modificar el relato decimonónico de la España unitaria, y continúen apalancados en el sostenella y no enmendalla. Pero más allá de la genética imperial incrustada en la piel de los Campeadores, España estará obligada, más pronto que tarde, a reinventar su discurso y asumir que el reto catalán sólo se resolverá en las urnas. El éxito en Alemania no sólo es un varapalo al sistema judicial español, también lo es al relato antidemocrático que niega la autodeterminación en Catalunya, y no hay otra solución para una España del siglo XXI que asumir esa evidencia.

A partir de aquí, el resto de crisis que convergen en la crisis global de la democracia española, desde el descrédito de la jefatura del Estado, con la familia arrastrada por oscuras grabaciones de las pestilentes cloacas, hasta el sistema judicial, puesto en la picota por las barbaridades procesales que se han perpetrado contra los líderes independentistas. Y todo ello sumado a la marabunta económica, cuyo rugido volveremos a escuchar –con el Estado de bienestar en fase recesiva–, y sumado también a la deriva populista vía resurgimiento de ciudadanos de viejo relato, franquistas de nuevo cuño y un sistema de partidos que está en severa revisión. La única manera que tiene España de salvarse de la ­tormenta perfecta en la que está sumida es con más democracia. Hasta ahora la ten­tación ha sido la contraria, reducir y pisotear la democracia, pero ya saben que les ha salido mal. Por el carril ­represivo sólo hay descrédito, ineficacia y mayor ­crisis.

Esperemos que sean capaces de cambiar de carril.