Hispanofobia, catalanofobia

"El moderantismo no es la derecha acomplejada o la izquierda disfrazada como se le atribuye"

Artículos | 21/12/2014 - 00:00h


José Antonio Zarzalejos


Escribe el catedrático de la Universidad de Girona Ángel Duarte, en su ensayo España desde Cataluña. Cepas de una apreciación de largo alcance que "la hispanofobia, expresión culminante de un prejuicio, no es un rasgo accidental en el desarrollo del catalanismo político. Como no lo será, en absoluto, su reverso: la catalanofobia. Ambas expresiones de hostilidad tienen una solera secular. A pesar de las apariencias nunca se circunscribieron al ámbito de lo prepolítico -al aborrecimiento entre vecinos- y, aunque fueran presentadas como respuesta a agresiones e incomprensiones previas por parte del sedicente otro, se presentaban y se presentan con evidente simultaneidad".

Esta tesis, siendo cierta, está en decadencia en las élites españolas y seguramente también en las catalanas. Las primeras -me refiero a las empresariales y a las intelectuales universitarias- son moderadas y se alejan de las visceralidades. Acaso sea un buen ejemplo de ello la reelección de Juan Rosell, por estrecho margen, como presidente de la CEOE. La competición que le planteó el vasco Antonio Garamendi incluía, quizás inconscientemente, algunos ajustes de tuerca a su catalanismo, reclamando del adversario un posicionamiento claro respecto del proceso soberanista. Rosell ha medido bien y sus electores, muchos madrileños, han hecho oídos sordos al llamamiento alterado de algunos y han reiterado así, aunque por poco, la confianza en el catalán.

En otro soporte de la representación del empresariado español -la nueva Cámara de Comercio de España- se ha situado a Josep Lluís Bonet que, no por haberse distanciado del secesionismo, deja de ser un exponente muy prototípico del empresario del Principado. Se ha hecho acompañar en el cargo por dos vicepresidentes, uno de ellos, Miquel Valls, presidente de la Cámara de Barcelona, y por Ana Botín, presidenta del Santander que -no sin polémica pero con sentido estratégico- ha incorporado al consejo de la entidad a Sol Daurella. Al margen de otras consideraciones este frontispicio empresarial de acento catalán remite a la idea de que la comunidad de gestores españoles no participa de resabios anacrónicos y apriorísticos que advierten sobre la idiosincrasia catalana en términos fóbicos.

Tampoco en el ámbito elitista intelectual-universitario se dan comportamientos hostiles. O los que se producen, resultan la excepción que confirma la regla. Me gustaría referir algunos apuntes del acto de ingreso, el pasado 2 de diciembre, de Benigno Pendás, director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, como académico de número de la Real de Ciencias Políticas y Morales. El discurso del nuevo miembro de la academia se titulaba "La ciudad de las ideas. Grandeza y servidumbre de la moderación política". El texto es magnífico -fue contestado por Miguel Herrero de Miñón en presencia de toda la nomenclatura académica- y alguno de sus párrafos está especialmente logrado porque define la actitud de muchos pensadores de altos vuelos en España. Escribe Pendás que la moderación "no es una posición fácil en política, como no lo es en la vida. Menos aún en España, donde una mentalidad arraigada identifica moderado con pusilánime o indeciso, incluso con cobarde". Para el nuevo académico, la moderación consiste en "una forma de entender el mundo". Y añade: "Es preciso huir del exceso y del defecto, ser valerosos, sin caer en la cobardía ni en la temeridad; ser generoso pero no pródigo ni tacaño; ser afable, pero no obsequioso ni desagradable". Y sentencia: "El moderantismo no es la derecha acomplejada o la izquierda disfrazada, como se le atribuye con frecuencia".

Con realidades empresariales como las que se registran en España y con actos académicos como el celebrado en la Torre de los Lujanes de Madrid a propósito del ingreso de Pendás en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, la hispanofobia y la catalanofobia, tan bien descritas por Ángel Duarte, se introducen más en el terreno de los tópicos perezosos que en el de las realidades activas. No diré que no queden recuelos de esa hostilidad recíproca, pero puede impugnarse la idea de que en las élites dirigentes -en donde está el germen del relato de lo que una sociedad quiere ser- persistan estos funestos modos de pensar. Más allá de los roces que crean las vecindades regularmente avenidas, solemnizar de nuevo los conceptos de la hispanofobia y de la catalanofobia comienza a sonar a coartada política para excitar ánimos. España se ha vuelto, en este aspecto de la convivencia en la pluralidad, un país normal y ampliamente comprensivo. Otra cosa son sus políticos de aquí y de allí que siguen manejando los peores estereotipos.