Cercas condena a Rubert

Artículos | 22/08/2015 - 00:00h


Antoni Puigverd


El pasado domingo Javier Cercas publicó en El País un ar­tículo que semejaba una sentencia. Condenaba a Xavier Rubert de Ventós por contradecir hoy lo que defendía ayer; y por nacionalista desabrochado. Nada diría yo sobre este artículo si no fuera porque Cercas me da vela en el juicio como testigo involuntario. Con la función, imagino, de hacer creíble el relato. Un "relato real" típico del gran Cercas: escrito con formidable eficacia narrativa, con brillante crescendo emocional, pero con un detallismo realista que confunde, con habilidad tan impactante como engañosa, las anécdotas con la categoría, la realidad anecdótica con la verdad.

El artículo describe dos momentos de la vida pública de Rubert. En el primero, el filósofo pronuncia en Girona una conferencia en la que desmitifica las utopías. "La política es prosa y no poesía". "En democracia, la política no debe ser épica ni sentimental, sino aburrida y sosa". "La tarea del político no consiste en traer el cielo a la tierra, sino sólo en mejorar la tierra". Cercas explica que esta conferencia le cambió: "Salí eufórico, despreciando las abstracciones sentimentales y narcisistas y convencido de la sensatez heroica del empeño en mejorar la vida minúscula de gente concreta".

La segunda escena es más conocida. Rubert, en el 2012, junto con otras personalidades independentistas aplaude a Artur Mas, después de cantar Els segadors, con la mano en el corazón y casi "con lágrimas en los ojos". Empieza el procés y aquel filósofo de la política en prosa caía en el error del que años atrás había liberado al joven Cercas.

La sentencia de Cercas es demoledora. Por supuesto, obvia, no ya las complicaciones que se han producido en las relaciones entre Catalunya y España, sino la experiencia personal de Rubert. En teoría, yo estoy más cerca, en este momento tan delicado, de las tesis políticas de Cercas que de las que defiende ahora Rubert. Pero alguien de la dimensión de Rubert, alguien que ha escrito libros y artículos tan luminosos y sutiles merece, cuando menos, estas preguntas de la defensa: ¿por qué alguien como él, partidario de la política en prosa, se ha hecho independentista? ¿Por qué tiene que recurrir a gestos románticos, siendo un teórico de la desmitificación de las utopías? ¿Se ha vuelto loco como se dice de tantos catalanes? ¿Se ha dejado arrastrar por la lubricidad nacionalista en su vejez? Si Cercas hubiera tenido un poco de respeto intelectual por Rubert, habría encontrado en un libro del filósofo alguna explicación. En El cortesà i el seu fantasma, que narra la experiencia de Rubert como diputado socialista a finales de los ochenta, se cuenta una anécdota: unos destacados diputados de su grupo se regocijan por haber "engañado a los catalanes". Han conseguido que Miquel Roca caiga en una trampa y pretenden que se ría con ellos. Rubert calladamente decide que "hacer trampas a los catalanes" no puede ser de ninguna manera su función.