El mundo ya no mira

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22/10/2017 01:31 | Actualizado a 22/10/2017 03:29Lea la versión en catalán

A principios de este octubre que no se acaba nunca y que acabará mal, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó al Gobierno español. Ha sido, sí, como consecuencia de una acción ilegal realizada por la Guardia Civil. La denuncia la motivó lo sucedido un día concreto en la piel de la frontera. No era la primera vez que se producían hechos punibles como aquellos ni tampoco sería la última. Fue un día más. Y aún otro. Y otro. Porque hace exactamente tres lustros que la misma vergüenza impotente se repite. Esta es una historia desoladora que esconde la reacción occidental más oscura a la amenaza real que comporta la llegada masiva no de los perdedores de la globalización sino de los miserables del nuevo orden. No hay soluciones mágicas para la civilización que se está refundando y de la que ellos no quieren volver a quedar marginados, pero tampoco hacen falta medidas inhumanas.

El 13 de agosto del 2014 un ciudadano nacido en Mali y otro proveniente de Costa de Marfil fueron detenidos cuando intentaban saltar y atravesar la doble valla que en Melilla separa Marruecos de España. Hacía sólo un año que el Ministerio del Interior –presidido entonces por el afinador Jorge Fernández Díaz– había repuesto cuchillas en la parte alta de aquellas redes de alambres para malherir a las personas que lo arriesgan todo, incluso su vida, para huir de la tragedia de sus países. Hacía pocos meses que 14 migrantes habían muerto en la playa del Tarajal en Ceuta cuando intentaban llegar nadando a territorio español. También hacía mucho, pero mucho tiempo, que aquellas dos personas, como tantas, esperaban encima del monte marroquí del Gurugú, contemplando la tierra de su esperanza. Llaman a las puertas del cielo: nuestra casa del bienestar. Aquel día de verano del 2014 decidieron dar el paso. Pero los dos subsaharianos fueron detenidos por agentes de la Guardia Civil, que automáticamente los retornó a Marruecos. Sin más. Sin ofrecerles traductor ni asistencia médica. Sin que pudieran recurrir a un abogado. Sin comprobar su identidad.

(Joma)

Esta acción policial encaja con lo que se ha tipificado como una “expulsión en caliente”: los inmigrantes son expulsados al instante, sin que se les apliquen las protecciones que la ley de Extranjería les debería garantizar. Por eso este tribunal ha condenado al Gobierno
a pagar 5.000 euros a cada una de esas dos personas. Y además lo vuelve a presionar para que suprima la disposición de la ley de ­Seguridad Ciudadana en virtud de la cual el Gobierno Rajoy pretendió legalizar unas ­expulsiones que, como han reiterado varias comisiones de juristas, son una amenaza real para la preservación de los derechos hu­manos.

La sentencia de Estrasburgo, asumida unánimemente por todos los miembros del tribunal, fue dictada el pasado 3 de octubre. Aquel día aquí vivíamos una jornada de huelga, presentada como un paro de país y organizada por la Taula per la Democràcia. Rodando sin control dentro del tornado de la crisis institucional española, la noticia de la condena a nuestro Gobierno pasó sin pena ni gloria. Lógico. Es la lógica de la información como variante de la cultura del espectáculo, que funciona casi como un excitante del debate público del que el procés nos ha convertido en adictos. Fuera del espectáculo parece que nada exista. Si hace un par de años todo el continente vivía el desafío de los refugiados con desasosiego, ahora ya nadie enfoca las fronteras. Sin portadas, el mundo mira hacia otra parte. Pero la ausencia de imágenes no equivale a la resolución de un problema que, quizás como ningún otro, impacta e impactará en nuestra realidad.

Lo pensaba mientras leía Calais de Emmanuel Carrère. Es un reportaje muy bueno. Lo acaba de traducir Anagrama en su recién estrenada colección de cuadernos. Durante meses en aquel municipio costero del norte de Francia hubo instalado un campamento de refugiados. Los refugiados estaban allí porque querían saltar a Inglaterra. Fue allí, en una de sus paredes y junto a precarias tiendas de campaña, donde el activista Banksy hizo una de sus intervenciones: dibujó un grafiti de Steve Jobs llevando una vieja computadora en una mano y en la otra un fardo cargando con sus pertenencias. El año pasado Carrère –probablemente el autor más importante de la literatura de no ficción europea– estuvo un par de semanas en Calais. Su objetivo no era tanto describir qué pasaba dentro de la Jungla, como popularmente se llamó el barrio de barracas mayor de Europa, sino tratar de comprender el impacto de aquella realidad en una población empobrecida, desbordada por la situación.

Aquello que Calais representa, no como símbolo sino como realidad, es nuestro problema como también lo es el tornado institucional que nos acapara. La escala es diferente, pero no su marco de resolución. Son derivadas de un mismo cambio de orden mundial donde la Unión, tal como lo habíamos imaginado, se tambalea. Afrontando los problemas, al fin, lo que se debería ir articulando es una nueva concepción de la ciudadanía en Europa en la compleja cotidianidad de la globalización.