Preámbulo

22/12/2017 02:23 | Actualizado a 22/12/2017 06:06

Escribo este artículo a ciegas, porque aún no han cerrado los colegios electorales y las incógnitas están en el aire. Días tendremos para analizar los resultados y averiguar cómo se escribirán los nuevos capítulos por venir. Sin embargo, si bien las incertidumbres electorales ya se habrán resuelto, justo empezará a abrirse el abanico de las nuevas incógnitas que los resultados generarán. A diferencia de otras elecciones donde casi todo se aclaraba por la noche, en este caso la claridad de los resultados sólo comportará más niebla porque la campaña no habrá resuelto nada de lo que debía resolver. Al fin y al cabo, poco podían resolver unas elecciones que no nacían de la voluntad del Gobierno legítimo de Catalunya, sino de la imposición forzada por un Estado decidido a convertir la política en un caso penal. Aclaradas, pues, las incertidumbres del 21, se abren paso las del día 22.

Unas incertidumbres que nacen de una situación caótica e insostenible que, si no cambia radicalmente, hipotecará completamente la vida política catalana. Y la primera incógnita encadena las otras: ¿qué pasará con los presos, los encausados y los desterrados políticos? ¿Es decir, puede haber vida parlamentaria catalana si un buen número de líderes políticos, probablemente miembros del futuro gobierno, no pueden ejercer el mandato electoral? Dado que la respuesta obvia es que no, cabe preguntarse si esta ­estrategia represiva global que ha emprendido el PP (con complicidad ­socialista) ha llegado a tal nivel de ­lo­cura que puede imposibilitar la normalidad política en Catalunya y, ­también, alterar la de España. No hay salida en el túnel en que nos ha metido la obsesión represiva del Estado y sean cuales sean las opciones mejor situadas en la noche electoral es evidente que, mientras haya presos y causas penales contra un hecho político, Catalunya vivirá en un permanente estado de excepción.

La idea, pues, de que el 155 tenía que servir para “volver a la normalidad” es una falsedad que sólo podía durar lo que duraba el paréntesis electoral, pero que reventará en toda su dimensión a partir del día después. Si, además, se añade la intención de montar una gran causa contra decenas de políticos, activistas y personas relevantes del país (el último delirio, la incorporación del nombre de Guardiola en el argumentario de la causa por rebelión), la anormalidad democrática en la que vivirá el país será ­insoportable.

Hoy, día 22, debería ser el inicio de un tiempo de calma o, al menos, de tregua, donde poder asumir errores, revisar estrategias y curar heridas con el fin de encontrar un territorio donde volver a hablarnos. ¿Pero cómo se hará todo eso si la mitad del país está bajo sospecha, con su cuerpo político y social bajo amenaza penal? Sencillamente es imposible, de manera que, o cambia el paradigma penal diabólico que sufrimos, o vienen tiempos políticos muy tempestuosos.