La hora del puigdemontismo

23/07/2018 00:22 | Actualizado a 23/07/2018 01:41

Lo ha conseguido, tiene el viento a favor, y disfruta de una popularidad creciente en el bloque soberanista, sobre todo después de que la justicia alemana haya desmontado las tesis del juez Llarena. Puigdemont ya tiene la dirección y el aparato del PDECat al servicio de su objetivo (fortalecer la Crida Nacional per la República) y de su táctica (mantener el pulso con el Estado para fabricar un nuevo momento de ruptura que sea irreversible). Tal y como expliqué el jueves, Marta Pascal y los suyos no han tenido más remedio que aceptar esta operación ordenada desde Hamburgo, que supone la liquidación inexorable del partido neoconvergente y la consolidación del puigdemontismo.

Paradójicamente, el president que llegó al cargo de rebote –después del paso al lado de Mas para contentar a la CUP– y que repetía que no tenía interés alguno en hacer carrera, se ha convertido en un líder de vocación imperativa, el personalismo del cual no es menor al de Pujol. La manera como Puigdemont ha exigido la retirada de Pascal hace pensar más en la venganza del conde de Montecristo que en alguien que quiere evitar exclusiones que podrían hacer pequeño el espacio que –en teoría– se anuncia grande y transversal.

El pujolismo fue definitivamente enterrado ayer por alguien que –irónicamente– quiere mandar de manera tan fuerte y carismática como el fundador de CDC. El pujolismo es historia pero, en cambio, la cultura política convergente tardará más tiempo en desaparecer, porque está arraigada en centenares de cuadros y cargos públicos, incluso en muchos de los que, desde hace cinco o seis años, tienen ganas de demostrar siempre que son más coherentes que los cuperos. La cultura política convergente no está libre de los males de la vieja política, pero también ha preservado actitudes interesantes como sentido de la gobernabilidad, capacidad de interlocución, posibilismo estratégico y asunción de la complejidad del país.

Bonvehí (que era el dos de Pascal) será el encargado de aplicar abnegadamente lo que establezca Puigdemont. A corto plazo, el expresident tiene tres retos, para demostrar su poder en el ámbito orgánico: obligar al grupo del PDECat en el Congreso a dar un giro que podría provocar turbulencias en la precaria mayoría de Sánchez; acelerar candidaturas de inspiración transversal para las municipales, con dedicación especial a Barcelona; e intensificar la gesticulación de JxCat en el Parlament, algo que puede generar graves tensiones con ERC, como hemos visto la semana pasada.

El puigdemontismo ha llegado a la mayoría de edad, acompañado de actores diversos, también de algunos conspicuos representantes de la vieja (y resentida) política, la que la Crida Nacional dice querer borrar. Los puros también son impuros. El masismo fue un interregno que quería una revuelta posmoderna y suave contra un Estado acostumbrado a utilizar el palo. El puigdemontismo es la promesa de un “català emprenyat” que, en vez de perder, un día acaba venciendo.