Una crisis llamada Rajoy

23/12/2017 02:05 | Actualizado a 23/12/2017 03:04

Todo lo que ayer dijo el presidente del Gobierno está lleno de lógica: hablará con el presidente de la Generalitat cuando sea investido, llámese como se llame; está dispuesto a dialogar, pero dentro de la ley; no aceptará que nadie se salte las leyes y mucho menos la Constitución, y espera que los nuevos gobernantes de Catalunya abandonen la vía unilateral. Un presidente de Gobierno de España, salvo que se llame Pablo Iglesias, no puede decir otra cosa. Mariano Rajoy tiene además otra virtud: apenas se le notan los cabreos; hay que adivinarlos o suponerlos y eso transmite una cierta sensación de serenidad; la llamada serenidad mariana. Y sin embargo…

Sin embargo, está obligado a repetir que no piensa adelantar las elecciones generales, y eso también tiene su lógica: si los periodistas se lo preguntan, es porque hay sensación de que se ha abierto una crisis política. Y no es una sensación artificial. Es fruto del batacazo de su partido en Catalunya y de que no funcionó la estrategia de convocar elecciones a 54 días vista. No digo que sea un fracaso de Rajoy. Digo, sencillamente, que no funcionó porque los independentistas han sido más hábiles: supieron poner en la diana el artículo 155, supieron construir un relato capaz de aglutinar a los suyos y supieron explotar la imagen de sus presos como víctimas de un Estado maligno.

A partir de ahí, la sociedad necesita un responsable y eligió a quien quiso ­normalizar la política en Catalunya y se encontró con un reparto de fuerzas de los bloques muy parecido al anterior. Es decir, señaló a Rajoy. Y por si faltase algo en su balance de diciembre, la imaginación se puso a pensar que Albert Rivera podría ocupar una parte de su espacio electoral en España. Ahora ya no sabemos si el PNV apoyará los presupuestos generales del Estado, no sabemos si
los equipos del PP empiezan a acomplejarse ante Ciudadanos y tampoco sabemos si Europa rebajará su apoyo al Gobierno y querrá escuchar a Carles Puigdemont como el expresident le reclama.

Esta es la nueva crisis política: la crisis Rajoy. Él no ofrece síntomas de percibirla, pero sí se ha empezado a percibir en la opinión publicada, en la opinión tertuliana y en importantes círculos de poder. Su partido amaneció ayer derrotado por la derecha y por la izquierda. En Catalunya no funcionaron su gestión económica ni los buenos resultados del empleo, porque le faltó el toque emotivo y sentimental. Pero que ningún adversario se haga ilusiones: Rajoy se ha especializado en sobrevivir y en crecer en medio de la dificultad. Por si a alguien se le ocurre pedirla, la palabra dimisión no figura en su diccionario. Y algo de sentido común: lo último que se puede hacer en un momento como el actual es provocar un vacío de poder.