Modelo contra modelo

 24/06/2016 00:07 | Actualizado a 24/06/2016 00:52

A menudo he explicado que las últimas elecciones en Catalunya y España consolidaron un notable giro electoral hacia la izquierda. Podemos en el Estado y Barcelona en Comú, ERC y la CUP en Catalunya han sido los máximos protagonistas. En efecto, desde las europeas –2014– hasta las últimas elecciones generales, el crecimiento izquierdista, a pesar del ascenso de Ciudadanos, se ha ido reafirmando con bastante solidez.

CDC, Unió y, en buena medida, el PP han sido las principales víctimas políticas de esta dinámica. En Catalunya, la letal combinación de los inevitables ajustes presupuestarios de los últimos años y la hoja de ruta hacia la independencia se han convertido en los elementos decisivos para consolidar esta tendencia. Sin ninguna posibilidad de acuerdo con el Gobierno español ni con las fuerzas políticas parlamentarias, el llamado procés ha construido alianzas de izquierdas. En efecto, la candidatura electoral de JxSí y la posterior investidura de Puigdemont pactada con la CUP son pruebas exitosas.

Este escenario político era impensable hace cuatro años. Les recuerdo que el presidente Mas anticipó unas elecciones –las del otoño del 2012– con la expectativa fundada de obtener la mayoría absoluta. Esta se creía posible tras las extraordinarias movilizaciones de la ciudadanía los septiembres del 2011 y el 2012. Se pensaba que la independencia podía estar a la vuelta de la esquina y que CDC sería el partido hegemónico.

Imperceptiblemente, primero, y con mucho revuelo mediático después, los presupuestos políticos de los partidos de izquierdas por todas partes han ido haciendo mella. Las previsiones para el 26- J confirman, casi por unanimidad, que esta propensión no ha terminado aún. Ni mucho menos.

Dentro de un tiempo explicaremos que la hoja de ruta del Govern y las constantes apelaciones hacia la independencia y el Estado propio han dado a la izquierda un papel relevante, hasta entonces insospechado. Bien sea con el fin de profundizar en el procés –ERC y la CUP–, bien para impugnar el sistema desde las posiciones de Podemos, Barcelona en Comú y la CUP, el peso de las organizaciones de izquierda ha crecido, significati­vamente.

De manera legítima, el electorado catalán parece creer que la izquierda puede hacer posible la reversión de dichos recortes, la lucha contra la corrupción y el avance hacia un referéndum pactado o no. Hoy con los comicios a las puertas, ERC y Podemos batallan por un espacio político común llamando a los votantes de la CUP para tener una mayoría suficiente. Unos y otros, sin embargo, defienden en Catalunya un modelo de sociedad con gradaciones diversas que se aleja mucho de aquel defendido con éxito durante los últimos treinta años por CiU.

He afirmado muchas veces que la radicalización que hacía falta para avanzar en la hoja de ruta hacía más fuertes a los nacionalistas más extremos y desdibujaba, debilitándolos, a los más moderados. Al mismo tiempo, Podemos y Barcelona en Comú aspiraban y aspiran a ser un dique de contención nacional con el objetivo explícito de transformar nuestro modelo de sociedad. Pienso que el referéndum sólo es un obje­tivo táctico para implementar esta aspi­ración. Hay que tener en cuenta que entre los nacionalistas independentistas más o menos radicales hay un acuerdo explícito: traer el nuevo Estado a Catalunya y después hablar de su orientación ideológica. Dicho de otro modo, primero la independencia, después el Estado propio y, acto seguido, ya se hablará de qué modelo de sociedad conviene, o se puede defender. Estas son sus prioridades.

Desde hace mucho tiempo creo que la renuncia a la batalla política e ideológica nos hará pagar un precio muy alto. De hecho, hace tiempo que hemos empezado a pagarlo. Lo comprobamos con el fracaso de la investidura del president Mas. Lo hemos visto con la manifiesta inoperancia del Parlament, que no ha aprobado ninguna ley durante este periodo de sesiones. Lo hemos constatado ante la imposibilidad de poder sacar adelante la tramitación de los presupuestos. Ahora encararemos una cuestión de confianza para el 27- S y los reproches son, de unos y otros, si se pone o no en riesgo el procés y quién tiene la culpa.

Es posible que la hoja de ruta esté, objetivamente, en horas bajas. La correlación de fuerzas ha ido variando, negativamente, por intereses de los defensores del procés. Pienso que lo que está en riesgo es algo más esencial: es el modelo de sociedad que ha hecho prosperar a Catalunya durante todos estos años. Parece que pocos queremos hablar de ello y, en cambio, esta es la cuestión crucial. Es el elemento decisivo. La exigencia política de este momento histórico es comprender que el combate se libra en torno al modelo defendido por cada uno. Modelo contra modelo.

Ante la retórica izquierdista, imperante hoy, no es suficiente con el discurso resignado de la retórica democratista. Sólo la defensa de los valores de una sociedad libre, responsable, creativa, innovadora y comprometida puede detener la complicada y peligrosa situación en que catalanas y catalanes nos hallamos. Detener esta deriva no es sólo responsabilidad de los ­políticos. Es obligación de todos los que creemos que, aunque toda opción democrática es legítima, no todas son válidas para defender una sociedad libre, próspera y justa. He aquí la cuestión de las cuestiones.