Esta legislatura tampoco va a ser normal

 Author Img DIRECTORA ADJUNTA
24/12/2017 00:40 | Actualizado a 24/12/2017 09:03

La nueva legislatura catalana empieza con multitud de interrogantes, pese a la mayoría absoluta de los independentistas. De hecho, cuentan con una capacidad de maniobra parlamentaria más cómoda que en el anterior mandato, puesto que la dependencia de la CUP se ha relajado. Pero si estas no han sido unas elecciones normales, tampoco lo va a ser la legislatura. La condición legal de fugado del aspirante con más apoyos para presidir la Generalitat, Carles Puigdemont, y el encarcelamiento de algunos diputados electos alteran los primeros pasos y marcan lo que será una constante, a no ser que un improbable arrebato de sensatez inspire a los protagonistas a abrir una negociación.

Primero deberá dilucidarse si Puigdemont regresa a Catalunya y si es detenido, lo que provocaría una crisis política de gran calibre. Si se logra despejar la compleja ecuación de la formación del nuevo Govern, es difícil prever por qué derroteros discurrirá su actuación política. Los programas de Junts per Catalunya, el artefacto electoral de Puigdemont, y de ERC dejan de lado la unilateralidad practicada en los últimos meses. De hecho, la independencia ya fue declarada, y la república, proclamada. Siguiendo ese discurso, no tendría ningún sentido repetirlo. Pero eso no significa que se descarte la desobediencia a las resoluciones del Tribunal Constitucional, por ejemplo. Lo que sí está garantizado es que la tensión con el Gobierno de Rajoy va a continuar.

En el seno del propio Govern también se corre el riesgo de reproducir la competencia entre ERC y los herederos de Convergència, que es uno de los factores que más determinó la escalada de rupturas que finalmente desembocó en la DUI. La intención de los republicanos, insinuada en su programa con una propuesta de diálogo bilateral con el Gobierno central, era entrar en una fase de mayor relajación y pedagogía. Se trataba de explicar que la independencia real es una meta que necesita más tiempo y un respaldo social más amplio, al mismo tiempo que se pretendía vender una gestión de gobierno en la línea de ganar autonomía para permitir la verdadera desconexión cuando llegara el momento. Pero sin prisas y sin plazos. Esquerra daba por supuesto que un PDECat debilitado no sería un problema para imponer ese relato. Pero el escenario ha cambiado por completo.

La irrupción de Puigdemont y su éxito electoral azuza de nuevo la competencia entre independentistas, máxime cuando dentro de poco más de un año se celebrarán elecciones municipales. Puigdemont es un independentista indiscutido y su discurso es tan o más contundente que el de Oriol Junqueras. Con un PDECat subordinado a las decisiones del expresident, resultará muy difícil entrar en una fase de desaceleración. Puigdemont ha llegado a la conclusión de que su única salida es ganar el pulso a Mariano Rajoy, y eso requiere acorralarle con actuaciones que ­pongan en crisis al Gobierno central e incluso a todo el Estado. Él mismo lo expresaba coloquialmente a sus colaboradores después de las elecciones en una conversación informal captada por La Sexta en la que aseguraba que “Rajoy pierde” y “España tiene un pollo de cojones”. Puigdemont, además, cuenta con cierta connivencia soterrada de la ANC. Jordi Sànchez se ha convertido en uno de sus hombres de confianza, y no es una anécdota que a dirigentes de la Assemblea se les escapara pedir el voto para él en plena campaña.

Después del resultado electoral, el PDECat salva ingresos y un buen puñado de cargos, pero queda a disposición de Puigdemont. Y eso aún no se sabe qué significa con exactitud. Las intenciones de la nueva dirección de reconstruir el partido ideológicamente se han volatilizado. El nombre que tanto costó consensuar, PDECat, incluía la definición de “demócratas”, es decir, liberales en el sentido norteamericano del término, con un sesgo más progresista de lo que se concibe aquí. Y “europeo”, con lo que implica de rechazo a ciertas corrientes euroescépticas que tanto predicamento han adquirido en estos años de crisis. Junts per Catalunya es otra cosa. Más allá de su indefinición programática, apela a la unidad en la defensa de lo propio, por más que en el partido han empezado a vender el producto como una reedición de aquella Casa Gran del Catalanisme que impulsó Artur Mas para ensanchar los apoyos sociales a su marca. Algún día, Junts per Catalunya y el PDECat deberán definir no sólo cómo confluyen y bajo qué nombre, sino qué modelo de sociedad promueven, cómo debe perseguirse el objetivo de la independencia y en qué se diferencia de ERC. Pero eso, ahora, no parece preocupar lo más mínimo a sus votantes.

De momento, el método que impera es la improvisación. El espacio para la política se reduce además por la interferencia de las decisiones judiciales, que aún provocarán más seísmos. Muchos catalanes han votado convencidos de que, desde Madrid, se pretendía su rendición. Y las actuaciones de los tribunales que continuarán desplegándose van a contribuir a mantener ese sentimiento y a marcar el discurso político. Tampoco Rajoy se encuentra en la mejor de las disposiciones para dar un giro a su política dada la competencia que le presenta Ciudadanos, que se ha revelado como un rival temible a pesar de la displicencia con la que el líder del PP trató a Albert Rivera en un principio. Todo ello contribuye a radicalizar sus posiciones y, lamentablemente, a abonar el terreno para los discursos anticatalanistas en el resto de España.

El procés que culminó en la DUI y la intervención de la autonomía catalana va a mutar en una nueva etapa que, al menos de momento, augura más inestabilidad que soluciones.