Política de maletero

26/01/2018 01:11 | Actualizado a 26/01/2018 08:19

En una conversación privada que me tomo la libertad de elevar a pública, una periodista bien informada me transmite su estado de ánimo con respecto a Carles Puigdemont: “Alterno ratos en los que pienso que es el puto amo con otros en los que creo que está como una cabra”. Es el tipo de afirmación que el análisis objetivo no permite porque nos sitúa en un ámbito demasiado irrespetuoso pero que probablemente coincide con lo que piensa mucha gente. Interpretar a Puigdemont se ha convertido en un entretenimiento temerario, con derivadas profundas y frívolas. La distancia le ha conferido una áurea de misterio que no tenía cuándo lo escuchábamos y veíamos en los medios de comunicación catalanes o en el Parlamento. Aunque, minutos después de ver cómo el presidente Rajoy anunciaba la aplicación del nefasto artículo 155, Puigdemont ya nos avisó cuando dijo que el gobierno de la Generalitat actuaría con “firmeza y creatividad”.

La creatividad, pues, define el estilo Puigdemont de los últimos meses, que primero se encarnó en las memorables intervenciones de Gonzalo Boyé, creador de cortocircuitos jurídicos y mediáticos en los ambientes más anacrónicos, y que hoy tiene en Jaume Alonso-Cuevillas a un portavoz que sabe distanciarse de las turbulencias sin alterar las expectativas de un relato que se construye a medida que avanza. Una buena manera de interpretar a Puigdemont es fijarse en las reacciones que provoca, empezando por el idiota tristemente impune de Copenhague o las promesas de celo policial integral (y grotesco) del ministro Zoido. A Puigdemont le gusta cultivar el misterio y a su alrededor crecen leyendas como la del maletero, tanto del de cuando viajó de Girona a Bruselas como, en un terreno más hipotético, cuando se afirma que protagonizará un enésimo golpe de efecto metido en un maletero. Los maleteros tienen vida propia, como ya demostró Tarantino en el cine o, a un nivel mucho más trágico e irreparable de la historia política, los asesinos de Aldo Moro.

En tiempos de clandestinidades antifranquistas, recuerdo que el maletero no debía incluir elementos sospechosos precisamente para actuar como cebo de la policía de frontera. Un maletero impecable atraía a los agentes que, al no encontrar nada, dejaban pasar coches cargados de propaganda clandestina (el método queda muy bien retratado en la película de Alain Resnais La guerre este finie). En plena burbuja económica corría la leyenda de taxistas pakistaníes que dormían en el maletero para asegurar turnos de explotación esclavista. Para entender la dimensión real del maletero como factor simbólico-ideológico, pues, el miércoles me metí dentro del maletero de un coche para empatizar con el contexto en el que, según la leyenda, regresará Puigdemont. Primera conclusión: es incómodo, alimenta pensamientos siniestros y denigrantes y carece de encanto heroico. Segunda evidencia, que podríamos analizar de un modo más político: es mucho más fácil meterse dentro de un maletero que salir de él.