La primavera de los patriotas

 26/06/2016 01:53 | Actualizado a 26/06/2016 03:40

El Reino Unido abandona la Unión Europea pese a las ventajosas condiciones conseguidas por su Gobierno para su permanencia en el Consejo Europeo del pasado 19 de febrero. Lo hace con criterio dividido: Londres, Escocia e Irlanda del Norte contra la Inglaterra profunda y el ruralismo de Gales. Ha ganado el peor nacionalismo supremacista inglés. David Cameron se ha comportado como un completo irresponsable, según calificación adecuada del periodista y escritor John Carlin, porque el referéndum británico del jueves “obedeció no a las necesidades de la nación, sino, en primer lugar, al imperativo de responder a un sector militante dentro de su partido conservador que detesta el vínculo con la UE. No fue una respuesta a un clamor popular, como por ejemplo lo fue el referéndum sobre la independencia de Escocia (…), sino un cálculo político interno”. ( El País, 20/VI/2016). El mismo adjetivo sobre el dirigente tory utilizó en La Vanguardia (18/VI/ 2016) Paul Preston, director del Centro de Historia de España de la London School of Economics, expresando la generalizada idea de que Cameron es un tipo frívolo y, más que audaz, temerario.

El ya dimisionario, en diferido, primer ministro británico supuso que sus conciudadanos iban a considerar la cuestión desde su perspectiva económica e histórica. Sin embargo, los brexiters han resultado emerger de las emociones nacionalistas, eurofóbicas y hasta xenófobas. Lo advertía con lucidez, además del ya citado John Carlin, sir John Elliott: “La UE nos ha privado, e irá privándonos cada día más, de nuestra soberanía nacional (...) En mi opinión, este argumento es en gran parte sentimental, pero tiene gran fuerza entre mis compatriotas. Yace en el sentido de nuestra identidad como una isla-nación separada del continente por mar (…) En el fondo se trata de una Inglaterra que ya no existe (…) Entiendo la fuerza del argumento, pero no lo comparto. La época de la soberanía nacional ya ha pasado” ( Abc, 12/VI/2016). Y el escritor Ian McEwan fue más duro: “Las ideas políticas de quienes encabezan la campaña del Brexit parecen estrechas, mezquinas y confusamente emocionales” ( El País, 21/VI/2016).

Basten las citas anteriores para acreditar que Cameron ha musculado arbitrariamente el populismo reactivo en su país y en Europa entera. Hasta el punto de que la extrema derecha europea –aún con el cadáver de Jo Cox por inhumar– se reunió en Viena el pasado día 17 para, bajo la batuta de la francesa Le Pen y del austriaco Norbert Hofer, y con el lema “La primavera de los patriotas”, apoyar al UKIP británico, pero también a los sectores del Partido Conservador que han apostado exitosamente por el Brexit. Siete partidos ultras reivindicaron allí una “Europa de las naciones” y la “libertad del pueblo”, abominaron del TTIP con Estados Unidos, pidieron la defensa “frente a las grandes multinacionales” y reclamaron una “democracia directa” a la suiza. Parece que suena a populismo de izquierdas –y podría serlo– pero el prontuario de argumentos los desgranó la crema y nata de derechas en Europa que es más potente que el “progresista” cercano al de un Jeremy Corbyn, líder laborista que no ha manifestado entusiasmo precisamente por el Remain. En septiembre del 2015, recién elegido como jefe de filas del laborismo, Pablo Iglesias publicó un artículo en The Guardian titulado “Bienvenido Jeremy Corbyn, caminemos juntos”, que se republicó en El País con otro titular más del gusto narcisista del político español: “¿Por qué todos hablan del Pablo Iglesias británico?”. A Iglesias le parecía “paradójico, incluso irónico, que muchos comparen a un veterano laborista como Jeremy Corbyn con nosotros. Y sin embargo, tienen toda la razón en hacerlo”.

¿Se salva España, y dentro de ella Catalunya, de esta “primavera de los patriotas”? No es seguro. El populismo izquierdista –pongamos el de Syriza– fue en su momento tan explosivo, a escala, como el británico lo es ahora y anida de alguna forma en Podemos. En Catalunya converge la CUP –anticapitalista y antieuropea, secesionista– con segmentos políticos instalados en la alternativa de los “comunes”. No podemos sustraernos a la agitación ultra –aunque sea desde la otra orilla del extremismo–, a esta convulsión tan confusa y reactiva. La patria para el populismo es otro “significante vacío” que en el Reino Unido se ha rellenado con hooliganismo inglés (no britá­nico). El referéndum del jueves, uno de los artefactos democráticos que hay que sacar del arcón en caso de extrema y definitiva necesidad, ilustra sobre los destrozos que puede causar situar a una sociedad ante un dilema en el que el peso de los sentimientos sea inevitablemente mayor –y sobre todo, menos complicados de procesar– que los argumentos reflexivos y sosegados.