Adiós, diálogo; hola, clima constituyente

 
27/05/2017 01:06 | Actualizado a 27/05/2017 02:41

Fin de la esperanza de solución dialogada. Las cartas cruzadas entre Carles Puigdemont y Mariano Rajoy han cerrado cualquier posibilidad de acuerdo entre la Generalitat y el Gobierno español. La palabra diálogo pasó al archivo de las buenas intenciones enterradas. Nadie creía en ella, nadie pensaba que hubiera una mesa donde alguien pudiera exponer las demandas catalanas y otro alguien pudiera alegar los inconvenientes legales y… los impedimentos mentales; pero era como el último recurso, como esa última esperanza que nunca se pierde.

Carles Puigdemont, el lunes en MadridCarles Puigdemont, el lunes en Madrid (Dani Duch)

Y también se perdió. Donde Puigdemont defiende el referéndum como derecho elemental, Rajoy sigue instalado, como es natural en un jefe de Gobierno, en el cumplimiento de la ley. Y donde Junqueras sostiene que ningún artículo de la Constitución prohíbe consultar al pueblo, Rajoy rechaza cualquier posibilidad de romper la unidad de España bajo su mandato. Los periódicos de Madrid iban llenos estos días de avisos de que el Gobierno está “dispuesto a todo para impedir el referéndum” o de que “frenará al minuto” cualquier paso hacia la secesión. En Madrid se identifica referéndum con independencia y la Constitución de la “España indivisible” será como esos bloques de hormigón que se colocan en las ciudades para impedir el paso de camiones dispuestos a cometer un atentado. El atentado es la República Catalana.

En este ambiente, la semana se cierra con la eterna pregunta: ¿y ahora qué? “Ahora, las leyes”, dicen los portavoces del Estado. “Ahora, referéndum o referéndum”, sigue diciendo el soberanismo. Y así, hasta el 1 de octubre. Pero en medio ha surgido la propuesta de ir al Congreso de los Diputados. Y tiene adeptos. Aunque sea iniciativa de Rajoy, se apunta Pablo Iglesias, bajo el señuelo de que un tercio de la Cámara respaldaría el referéndum, como si eso valiera para revestirlo de legalidad. Y se apunta el presidente del Cercle, Juan José Brugera, lo que hizo que este diario generalizase: “Los empresarios piden a Puigdemont que vaya al Congreso”. Pero, ay, el tercio invocado por Iglesias y el empujón de Brugera no impiden que el president vea el fantasma de Ibarretxe y está claro que no quiere “hacer un Ibarretxe”.

Este cronista le diría: el no actual ya es “un Ibarretxe” sin Parlamento por medio, pero no soy quien. Él podría alegar que aceptar un debate parlamentario y la consiguiente votación sería aceptar por adelantado la derrota del procés. En ese caso, lo prudente quizá sea esperar, si hay forma de hacerlo. ¿Por qué? Porque, una vez que el PSOE asuma la plurinacionalidad de España, se intuye un clima constituyente. El PSOE de Pedro Sánchez sigue diciendo que “la soberanía reside en el pueblo español” y no en el catalán, el vasco o el gallego, pero abre la puerta a la palabra nación. No la independencia, pero sí la nación. A partir de ahí, todos los reconocimientos son posibles. Si la independencia es altamente improbable, ¿por qué no apuntarse a lo posible? Por ahí se podría encontrar el camino a la negociación, aunque haya demasiados principios a los que renunciar. Pero negociar es eso: ceder.