La Reconquista

27/07/2018 01:00 | Actualizado a 27/07/2018 02:59

Recién asentado en la poltrona de Génova, y autoliberado de explicar el extraño caso de su máster, aprobado gracias a unos trabajos desaparecidos (¿habrán sido abducidos?), don Pablo Casado, ilustre presidente español del partido español de la derecha española, ha iniciado la Reconquista. Lo ha hecho como los valientes, en la Barcelona capital de una nación de infieles. Y dotado del arrojo de los guerreros, ha levantado el martillo de herejes sin temblor, consciente de pertenecer a una estirpe de conquistadores.

A partir de aquí, el monotema catalán ha impregnado todo su ser, sus palabras, sus iniciativas, sus proyectos, no en vano es consciente de la ardua labor que significa intentar españolizar a los catalanes impíos.

En la mano, el blasón de la unidad patria, en el pecho, el corazón de Pelayo, y en el alma, la España eterna, nacida antes de que existiera el mundo. Y bien pertrechado con el yelmo y la armadura, ha iniciado el plan de ataque. Por el flanco sur, una de Código Penal, con delitos de sedición impropia; por el norte, otro de pena máxima para las tentativas de referéndums sediciosos; y por el este, la bandera de Tabarnia que instituye el reinado de la Catalunya española. Con una carta final, en el flanco oeste: el uso de la mayoría en el Senado para reclamar otro 155, si los cruzados no consiguen dominar a las hordas bárbaras catalanas con el resto de ofensivas. Es decir, la fuerza sobre la palabra; la razón del poder sobre la razón ciudadana; el dominio sobre las urnas. Nada que sea nuevo en el horizonte de esa concepción de una España atávica y esencial, situada por encima de las contingencias, las voluntades y la modernidad. Don Pablo es, con permiso de Rivera, que le va a la zaga, la encarnación del españolito imperial, situado en una zona ahistórica donde no hay otro vaivén que el mandato bíblico. ¿Nuevo? En absoluto. ¿Sorprendente? Para nada. ¿Cansino? Mucho. ¿Dañino? No más de lo que han sido todos sus abigarrados predecesores, nobles herederos del ancestral mandato borbónico de dominar Catalunya.

Sí, podría haber sido distinto. De hecho, la aspiración de que en España se forjara una derecha moderna, liberada de la obsesión ultranacional y dotada de una estrategia de pacto para con las naciones históricas es tan antigua, como antigua es su negación. No hay manera. Cada nuevo líder conservador es más ultranacionalista que el anterior, con la pesada carga que significa el nacionalismo de Estado. Y desde esa mirada estrecha, su obsesión por Catalunya aumenta a medida que se descompone su capacidad para tener respuestas que no sean las de las porras y las togas. Triste proyecto español, el de estos adalids de la Reconquista que sólo saben imponerse desde el caballo, incapaces de seducir con la palabra.

Nada, pues, a ponerse casco y a defenderse de las embestidas, que de eso sabemos mucho, porque estamos muy entrenados.