El pacto español que propone la City

 27/12/2015 03:04 | Actualizado a 27/12/2015 03:42

En mayo del 2010, el entonces presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, ejecutó un viraje de 180 grados en su política económica y anunció las que fueron primeras medidas del largo plan de ajuste que, poco menos de dos años más tarde, continuó y acentuó Mariano Rajoy. Lo hizo ante millones de españoles en una sesión parlamentaria transmitida en directo por televisión.

El líder socialista aplicó aquel giro, que le acabó enajenando el poco apoyo público que aún le quedaba, presionado por la canciller alemana, Angela Merkel, el presidente del BCE, en esos días Jean Claude Trichet y, representando un papel mucho más secundario, el portugués que encabezaba la Comisión Europea, Durão Barroso. Las salidas de capitales hacia el exterior, el ascenso de la prima de riesgo de la deuda española (estaba en 130 puntos, una broma comparada con los 630 que alcanzó en julio del 2012, en los días de la nacionalización de Bankia, ya con el Gobierno de Mariano Rajoy en pleno desempeño) y el crecimiento de la deuda rindieron la resistencia del dirigente socialista. Un año y medio después, un procedimiento similar liquidó a un personaje político esperpéntico, el presidente del gobierno italiano, Silvio Berlusconi. Una semana más tarde, el PP ganaba los comicios en España.

En las actuales jornadas postelectorales, grandes empresarios, inversores y lo que de forma genérica abarca el concepto de los mercados creen que el secretario general de los socialistas españoles, Pedro Sánchez, debería realizar un golpe de timón de similar gradación, en este caso de orden completamente político. Apoyar la continuidad de Mariano Rajoy al frente del gobierno en aras de la estabilidad que debe asegurar la continuidad de la recuperación. El riesgo político para Sánchez es por lo menos igual, si no superior, al que corrió Zapatero, con funesto resultado para este último.

Pero, claro, el estado de la economía a finales del 2015 no es el de la primavera del 2010. El año anterior se había saldado con una caída del PIB del 3,6%, el paro se enfilaba hacia los cinco millones y crecía en más de 500.000 personas al año.

Ahora, la prima de riesgo está en niveles similares a los de mayo del 2010, pero como que es un diferencial respecto al interés de la deuda alemana y esta se encuentra en terreno negativo, resulta mucho más barata para el Estado. El desempleo, aunque con dificultades, se reduce en lugar de crecer. Y, de fondo, el BCE, ahora con Mario Draghi al frente. Con sus compras masivas asegura la estabilidad de la finanzas públicas de la eurozona, abarata el coste de la deuda y anima las exportaciones con el euro devaluado. La economía española crece a un ritmo del 3,3% donde antes caía dramáticamente.

Por eso, con los resultados electorales sobre la mesa, la bolsa dejó constancia tan sólo de un tímido desencanto, idéntico al que expresó tras la victoria de Mariano Rajoy el 2011. Y se recuperó en las jornadas siguientes. Prácticamente lo mismo con la prima de riesgo. Las ad­vertencias sobre los efectos en la eco­nomía de la interinidad política, que estos días tanto se mencionan, no son ­palpables a corto plazo y en cualquier ­caso se trata de consecuencias de orden más estructural. La sociedad no lo vive ya con la misma angustia y es un hecho que los resultados del domingo pasado resaltan que preocupa más un reparto equilibrado de los sacrificios, factor destacado en el desgaste del bipartidismo.

No vendrá pues del temor a un inmediato apocalipsis económico la fuerza que doblegue la resistencia de Sánchez. El medio de comunicación de referencia de la City de Londres, la gran capital de las finanzas mundiales, ya ensayó en sus páginas editoriales un esquema para facilitar ese gran acuerdo político. Ya se sabe que los banqueros de negocios son insuperables en la ingeniería financiera y, en algunas ocasiones, les gusta aplicarse también a la política. Los círculos financieros internacionales, en el caso de los españoles y catalanes ya es sobradamente conocido, son partidarios de evitar nuevas elecciones en España y ensayar algún remedo de gran acuerdo que evite tanto las nuevas elecciones como un estallido político.

El martes el editorial del rotativo asalmonado antes mencionado destacaba entre los más “agudos desafíos” que enfrentaba España uno como el más especial: “El creciente movimiento secesionista en Catalunya”. Y, en consecuencia, proponía un acuerdo de gobernabilidad en el que “los socialistas darían un apoyo tácito a algunos aspectos de la agenda económica del Gobierno del PP. A cambio, el centroderecha debería abrirse a la propuesta de reforma constitucional, algo que hasta ahora han rechazado, al objeto de facilitar la resolución de la crisis sobre la secesión de Catalunya”.

Esta sería la versión suave de lo que puede suceder en España desde mañana mismo si finalmente hay un acuerdo para la investidura de Artur Mas. La más dura, la de un gobierno en funciones en Madrid convirtiendo los acontecimientos en Catalunya en el argumento para una alarma definitiva que sirva para conseguir el sí socialista. En el primer caso se trataría de buscar alguna propuesta de solución, aunque fuera insuficiente; en el segundo, un enredo para seguir igual.