Símbolos y herramientas

29/01/2018 01:56 | Actualizado a 29/01/2018 03:10

Carles Puigdemont se ha convertido en un símbolo, así lo han entendido el independentismo y también el Gobierno. Si no fuera un símbolo, su investidura no sería tan necesaria para unos y tan intolerable para otros. Para evitar que Puigdemont pueda ser inves­tido, el Gabinete de Mariano Rajoy ha forzado hasta límites esperpénticos las reglas de juego, sin manías a la hora de ponerse en evidencia y erosionar todavía más la separación de poderes en España. Con todo, el Tribunal Constitucional ha establecido, finalmente, una solución salomónica que da en parte la razón al Ejecutivo popular y se lo pone muy difícil a la nueva mayoría parlamentaria catalana. El episodio tiene costes para el más fuerte. Las decisiones del 6 y 7 de septiembre en el Parlament ya no son ni la única ni la más escandalosa maniobra para dar gato por liebre. Soraya Sáenz de Santamaría sólo piensa –parece– a corto plazo y por eso quiere un KO a toda costa.

Hay tantas preguntas que no acabaríamos. Resumámoslo en una sola cuestión: si Puigdemont no puede ser investido libremente, ¿por qué Madrid permitió que fuera cabeza de lista el 21-D? Porque Rajoy y su entorno pensaban que el de Girona no quedaría por delante de ERC y, por lo tanto, dejaron hacer y aplicaron ese refrán que tanto les gusta: muerto el perro, se acabó la rabia. Supongo que, en la Moncloa, sólo previeron dos escenarios. En el escenario A, los partidos del 155 sumaban lo bastante para investir a un dirigente no independentista. Como las encuestas advertían que eso era improbable, tenían el escenario B, que partía del triunfo de Oriol Junqueras y de la posibilidad de jugar con su cárcel. La campaña de Junts per Catalunya y la memoria del 1-O alteraron todas las previsiones.

Hace unos días, escribí que el mal menor del independentismo es conservar las posiciones obtenidas, acumular fuerzas y hacer gobierno lo antes posible, una estrategia que pasa por otro president que no sea Puigdemont; el horizonte de nuevas elecciones me parece –anoté– demasiado arriesgado. El mal menor rige la política, siempre que se quiera hacer política, claro. La jugada preventiva del Gobierno modifica el cuadro y aleja la posibilidad de hacer política, porque convierte el nombre de Puigdemont en el centro de todo y obliga al independentismo a cerrar filas. ERC y el PDECat tienen ahora menos margen ante el núcleo fiel de Puigdemont para encontrar una salida que evite nuevos comicios. La vía épica del pulso y el bloqueo ha ganado partidarios en las últimas horas, pero no cuenta con la simpatía de Roger Torrent, que podría correr la suerte de Carme Forcadell si va en contra del Tribunal Constitucional.

El Govern es una herramienta muy importante que el independentismo debe recuperar. La presidencia de Puigdemont es un símbolo que el independentismo puede convertir en causa primordial o puede relativizar, en beneficio del mal menor. ¿Qué hacer? El dato: los independentistas no van nada sobrados de herramientas. Nada.