LOS SÁBADOS, CIENCIA

PERE PUIGDOMÈNECH

Investigador

¿Por qué contamos poco en la UE?

Si España y Catalunya no definen su estrategia científica o industrial, su influencia en Europa será limitada


SÁBADO, 29 DE AGOSTO DEL 2015

La construcción europea está en discusión desde diferentes perspectivas. La dificultad para tratar crisis como la de Grecia o para reaccionar a la presión migratoria de los países cercanos que se encuentran en conflicto son dos ejemplos bien claros. Pero dejando de lado cómo se está haciendo esta construcción, la Unión Europea, con todas sus carencias, es una necesidad. A la hora de definir los objetivos generales de la Unión se crean tensiones entre los objetivos de cada Estado miembro. Por eso las voces de cada uno de los países que componen la Unión tienen que encontrar la manera de hacerse escuchar, y la de nuestro país (España y Catalunya) se escucha muy poco. En gran parte es nuestra responsabilidad, y en los temas científicos esto se ve muy claro.

La Unión Europea tiene tres pilares institucionales: la Comisión, el Consejo y el Parlamento. Hay muchos grupos que tratan de influir sobre ellos y se ha formado una multitud de organizaciones y lobis. El peso relativo de las tres instituciones ha ido variando en el tiempo y en la actualidad el Consejo Europeo, constituido por representantes de los gobiernos de los estados miembros, ha ido ganando un poder preponderante. Pero el hecho es que los tratados prevén que se busque un equilibrio entre los tres, por lo que se creó un nuevo concepto que es el triálogo, un diálogo a tres que trata de buscar compromisos cuando el acuerdo es complicado. La influencia de los países se puede hacer oír en cada una de las tres instancias.

La presencia de los estados miembros en los trabajos del Consejo Europeo es evidente cuando el Consejo se reúne en cumbre, pero en el día a día hay varios consejos sectoriales en los que participan representantes de los estados. Es en estos casos cuando se juegan muchas de las cuestiones importantes. De la solidez de las propuestas que se presenten y de la habilidad de los negociadores en buscar las alianzas adecuadas depende que se ganen las decisiones. Entonces las debilidades de nuestra estructura administrativa aparecen. Si las personas que asisten proceden de estamentos funcionariales alejados de la realidad, si van cambiando en función de los propios intereses o si no tienen mandatos claros, la influencia que acaban teniendo es muy poca.

Los miembros del Parlamento Europeo son elegidos en circunscripciones de cada estado miembro, y por tanto su defensa de los intereses de cada país está en general clara, a menudo más que la de los intereses europeos en su conjunto. En la Comisión Europea hay presencia de los diferentes países, que aportan los comisarios. La estructura de la Comisión está formada esencialmente por funcionarios europeos, con un número creciente de contratados temporales. Para el acceso a estas funciones se tiene en cuenta la procedencia geográfica de las personas, a pesar de que los criterios son profesionales y muy estrictos. De todos modos, tener contactos del propio país dentro de la Comisión puede ser importante. En la actual crisis griega, la influencia de los funcionarios griegos en el análisis de la situación no ha sido suficientemente resaltada. Y la Comisión se asesora con diferentes grupos de expertos llamados a título personal, pero que no pueden dejar de tener en cuenta el conocimiento que tienen de su entorno personal.

De todos modos, para que alguien defienda los intereses del propio país debe tener claros cuáles son estos. En Europa se deciden a menudo cuestiones que tienen una gran influencia en nuestra sociedad. En ciencia, por ejemplo, una parte importante del dinero va dirigido a temáticas muy definidas, y cuando se votan las prioridades de las inversiones habría que tener idea, por una parte, de qué investigación puede ser la más productiva en el próximo futuro, pero también de qué temáticas de investigación pueden interesar más a los grupos de investigación o a la industria. Si un país como el nuestro no define su propia estrategia científica o industrial, su influencia a nivel europeo será muy limitada, que es lo que suele ocurrir.

A cualquier nivel, que alguien participe en las instancias europeas puede influir en la dirección en que se toman las decisiones. Y estas en la Unión Europea deben ir dirigidas hacia el buen funcionamiento del conjunto de la Unión. Pero en un entorno institucional tan complejo las decisiones son el producto de compromisos entre las diferentes visiones del mundo y los intereses de los diferentes países que componen la Unión.

Si los puntos de vista de un país no son presentados de forma coherente, sus probabilidades de influir en el conjunto son bajas. En el caso de la investigación científica, el tercer presupuesto de la Comisión Europea, nuestra poca influencia es un síntoma de que no existe ni una comunidad científica estructurada ni una política científica bien elaborada. Ni tampoco unos dirigentes políticos que, como mínimo, supieran hablar idiomas
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