“Todo se ha perdido”

29/10/2017 02:09 | Actualizado a 29/10/2017 02:20

No por reiteradamente recordadas las reflexiones de Gaziel, escritas el 21 de diciembre de 1934, dejan de tener una rabiosa vigencia. Quizás la euforia efímera de los separatistas –incompatible con la valoración del disparate jurídico, político y económico que perpetraron el pasado viernes– les lleve a despreciar las palabras de este insigne catalán del siglo XX, o a tildarlas de anacrónicas.

Escribió Agustí Calvet, director que fue de La Vanguardia, a rebufo de la asonada del 6 de octubre de 1934: “Todo se ha perdido, incluso el honor. Con ese retoque de una frase histórica, podría resumirse el desastroso final del primer ensayo autonomista realizado en Cataluña. Las Cortes de la República acaban de rematarlo: el Estatuto queda suspenso sine die. Y son muchísimos los catalanes que, en su inmenso estupor, andan ahora preocupados en descubrir la causa esencial, la más profunda, de tamaña ca­tástrofe”.

Con un cambio en los tiempos verbales y mínimas adaptaciones del léxico el párrafo de Gaziel sirve perfectamente para evaluar la declaración unilateral de virtual independencia del Parlament del pasado viernes que configuró un kelseniano golpe de Estado. Fue una sesión parlamentaria –con secuelas domésticamente épicas– que acreditó otro de los diagnósticos de Calvet: “El fuerte de Cataluña es lo volcánico. Nuestra obra maestra es el arte de la protesta explosiva”. Tanto lo es que el catedrático de Derecho Administrativo de la Complutense José María Baño León supone que la asonada que vivimos será considerada la “duodécima revolución catalana”, luego de que Jaume Vicens Vives acreditara que Catalunya es el territorio europeo que más revoluciones ha sufrido, once hasta el siglo XX.

El historiador catalán –reiteradamente citado por este académico en un análisis del último y espléndido número de la revista El Cronista– escribió que “ser arrauxat es, precisamente, estar falto de seny, obedecer a los impulsos emocionales, actuar según determinaciones repentinas. En tales circunstancias, nos dejamos llevar por la pasión, sin sopesar las realidades ni medir las consecuencias. Entonces somos los hombres exaltados y de actitudes extremistas. Nuestro sentido de la ironía falla, salimos a la calle devorados por el exceso de presión sentimental”.

De nuevo otro clásico del mejor catalanismo parece que escribiera sobre lo que ocurrió el viernes, día de inflación en el que –sigo con Vicens Vives– “la potencia de nuestra imaginación no está de acuerdo, sin embargo con nuestra capacidad de imposición. Decimos Cataluña como quien dice Castilla y Francia; pero nuestros recursos demográficos y económicos –incluso, en última instancia, los recursos morales– son muy inferiores. Debe tenerse en cuenta esta impotencia coercitiva de Cataluña antes de animarse a acciones redentoras”.

La ruptura de la legalidad y la elucubración de una república catalana es consecuencia de los impulsos a los que se referían tanto Gaziel como Vicens Vives: ni la una ni la otra tienen el menor futuro aunque sí capacidad convulsiva sobre el conjunto de España. Pero esa no es la peor noticia para Catalunya. La pésima consiste en que el 27 de octubre ha fracturado la sociedad catalana y con esa quiebra caen todas las convenciones –más o menos ciertas– mantenidas en los últimos años: desde el concepto de un “sol poble” hasta el de constituir una sociedad vanguardista. Ningún espectáculo más anacrónico que el contemplado en el Parlament la tarde del pasado viernes.

El separatismo va a jugar con una baza: como quiera que en estos últimos cuarenta años se ha impuesto la hegemonía del nacionalismo en todos los órdenes y se ha producido, como consecuencia, una práctica desaparición del Estado en Catalunya, el Gobierno tendrá unas dificultades tales para implementar las medidas del artículo 155 de la Constitución española que terminará por ser considerado fallido y España entrará en un proceso constituyente en el que, con la convergencia de fuerzas diferentes, el estatuto independiente de Catalunya se revalidará. Tal pronóstico responde al voluntarismo independentista que ha sido desmentido escalonada e implacablemente. Así lo acreditan desde la fuga de empresas al vacío internacional, pasando por el despertar vigoroso del españolismo sedado por el narcótico caducado de la imputación franquista.

Ha escrito el también catedrático Santiago Muñoz Machado en la revista antes citada: “Creo que es más difícil hoy de lo que era hace unos años programar reformas, constitucionales y estatutarias, que reconozcan singularidades a la relación de Cataluña con el Estado que difieran del régimen común, es decir, formular reformas que recojan de forma concreta algún hecho diferencial catalán. Los demás territorios del Estado parecen estar menos dispuestos que nunca a aceptarlo. Es esta una de las consecuencias contrastadas de los intentos revolucionarios: si se alcanza el éxito se producirá un gran salto adelante, pero si se fracasa es casi seguro el retroceso. La historia de Cataluña ofrece algunos ejemplos notables de lo que afirmo”.

A buen entendedor pocas palabras bastan: en Catalunya se ha perpetrado una “inaceptable deslealtad” a la Constitución. La lealtad es la base jurídica y política en los estados compuestos. Si la ecuación de estos años consiste en que a mayor autonomía más nacionalismo disgregador –en palabras del analista bilbaíno José María Ruiz ­Soroa– y, a la postre, ruptura del propio Estado, parece muy claro que el ­futuro de Catalunya no admitirá mi­radas retroactivas para aumentar el nivel de autogobierno respecto del que gozaba antes del día 27. Ha irrumpido en la ­escena el “español empre­nyat” –cabreado tanto o más que el catalán–, ­dispuesto también a cambiar los términos del entendimiento y la nego­ciación cuando remita ese brote revolucionario, que lo hará mucho más por la fricción entre catalanes que por las medidas extraordinarias del Estado.