Democracia a cara o cruz

 Author Img DIRECTORA ADJUNTA

 29/12/2015 01:46 | Actualizado a 29/12/2015 03:23

El impoluto expediente de la CUP ha quedado manchado por un baño de realidad. El inaudito empate sobre la investidura de Artur Mas dejó flotando una incómoda pregunta: ¿para qué sirve un partido si no es capaz de tomar decisiones? Vivimos una efervescente fascinación por la democracia participativa. No es extraño después de ver cómo los gobernantes olvidan pronto sus promesas y se atrincheran en las instituciones. Pero las carencias de la democracia representativa, que son muchas, no se resuelven a golpe de asamblea, que no es precisamente el mejor ejemplo de democracia participativa. La asamblea no sirvió para decidir, pero demostró que la CUP es el último partido que sucumbe a la fractura interna víctima del proceso soberanista. Ni siquiera una formación que defiende sin ambages la independencia tiene clara su prioridad.

En Convergència cunde el desconcierto. La lectura del 27-S fue precipitada y ahora afloran las contradicciones. Los que defendieron en CDC que el resultado avalaba la desconexión del Estado y la independencia exprés aseguran ahora que el proceso embarranca por culpa de la obcecación cupera. Sin embargo, el resultado es el mismo hoy que el 28 de septiembre: un notable avance del independentismo, pero insuficiente para abordar tamaño desafío de forma viable. Ni siquiera sumando a los anticapitalistas.

La CUP no ha dicho su última palabra. Pero quedan días para la imaginación. Frustrada la experiencia asamblearia, está de moda la democracia líquida, que consiste en delegar el voto en alguien más capacitado y que, en una feliz pirueta, podría ser la dirección cupera. O podrían ensayar con Mas la democracia delegativa revocable, o sea, investirle presidente hasta que la asamblea diga basta. Es lo que hacían los griegos cuando escribían en un óstracon el nombre del político a desterrar, pero por internet. O retar a todos los empates estadísticamente posibles echándolo a cara o cruz.