El año de Catalunya

30/12/2017 00:17 | Actualizado a 30/12/2017 03:16

He titulado esta crónica “El año de Catalunya” y creo que vale para el 2017 y para el 2018 que va a comenzar. Lo del año que termina está demostrado: ha sido el periodo en que el soberanismo llegó más lejos en 80 años. Ha cerrado el quinquenio en que se perdió el miedo a la palabra independencia. La tensión vivida y no terminada no sirvió para conseguir la soberanía, pero sí para todo esto: para medir la fuerza del Estado, con resultado de políticos presos o huidos de la justicia; para establecer una barrera difícilmente franqueable entre la Catalunya secesionista y la unionista, con serios indicios de cisma social; para convertir la “cuestión catalana” en el problema político número uno del país, hasta el punto de ocultar todos los demás problemas que acucian a la sociedad; para establecer los efectos de una crisis política sobre la economía y al final, para contar el número de partidarios de la secesión.

Ese recuento de voluntades, efectuado en las elecciones del 21 de diciembre, creo que es el que condiciona las decisiones de futuro. Ahora ya sabemos que el censo que vota las ofertas nítidamente independentistas y el que vota españolismo está prácticamente empatado. La diferencia la marca la coalición de los Comunes y Podemos, que propugna un referéndum pactado, pero no la república catalana. Hoy por hoy, la opción España, con todos sus matices, gana por algo más de 200.000 votos. Y esto no es una encuesta; son sufragios depositados en urnas. Atraerlos y superarlos será la gran tarea del soberanismo en los próximos tiempos. Aumentar o mantener la diferencia, el objetivo del constitucionalismo español. Pero la conclusión fundamental es que la unidad de España en términos de adhesión popular depende de esa modesta cantidad de votos. Si pensamos que el independentismo declarado pasó del 20 al 40 por ciento en pocos años, quizá tengan razón quienes sostienen que los promotores de la independencia calcularon mal el tiempo: vista la evolución del voto, se adelantaron una década.

Un árbol de Navidad con lazos amarillosUn árbol de Navidad con lazos amarillos (ACN)

Respecto a la medición de fuerzas, factor a tener en cuenta para el futuro, quedó claro después de todas las escaramuzas que el independentismo cuenta con la simpatía de los populismos europeos, a veces de extrema derecha. Los gobiernos, los Estados y los mercados juegan a favor del Estado español. Juegan tan a favor, que ningún gobernante catalán fue recibido en despachos decisivos ni cosechó adhesiones de relieve. Y los mercados parecieron conjurarse para provocar retiradas de fondos de los bancos, espantar a más de 3.000 empresas, retraer el consumo y el turismo y crear un clima de opinión que identifica independencia con inseguridad jurídica y, en consecuencia, con caos económico. Se publicaron tantas noticias catastróficas que, si el soberanismo mantiene suficiente poderío como para volver a gobernar, es porque su proyecto tiene una mística que está por encima del interés material.

Con esas bases comienza el 2018. Y no tiene buena pinta. Este año tendrán que celebrarse los juicios y cabe que haya sentencias condenatorias para representantes democráticamente elegidos y lo más increíble: que el nuevo presidente de la Generalitat sea un político preso o un fugado. Los efectos de Cataluña en la política estatal pueden conducir a un cambio de ciclo, si se confirman los temores del Partido Popular a ser rebasado por Ciudadanos. Y los efectos en la economía son utilizados como amenaza o como atracción: Rajoy dijo ayer que, si se resuelve el conflicto catalán, “podremos crear medio millón de puestos de trabajo”.

Se le preguntó al mismo Rajoy si tiene alguna fórmula para atraer a independentistas a la causa española y respondió: “Incidir en aquello que nos une”. Creo que gran parte de la sociedad catalana pide algo más. En todo caso, el 2018 se abre con lecciones para ambos bloques. Para el constitucionalismo, que hay dos millones de catalanes que quieren irse y seducirlos con la idea de España ya parece imposible. Para el independentismo, que la separación todavía no aportó ninguna ventaja a Catalunya y que el choque con la legalidad sólo acarrea conflicto. Y a veces, inquietantes asomos de rencor.