‘Déjà-vu’

31/01/2018 00:23 | Actualizado a 31/01/2018 03:33

Después de proclamar teatralmente la república, los diputados sufrieron un ataque de vértigo. Después de tantos años de fantasía, propaganda y manifestaciones, aparecía la política tal como es: desmaquillada y fea. La aventura acababa como el rosario de la aurora. La sensación de tomadura de pelo fue muy intensa. Pero enseguida llegaron las facturas (es decir, los presos, el Tribunal de Cuentas, la fuga a Bélgica), que requirieron de nuevo la disposición valiente del movimiento independentista: había que sacar fuerzas de flaqueza. A continuación, la campaña electoral lo dominó todo con sus hinchadas palabras. Y he aquí que, en el contexto más difícil, con líderes en prisión o en el exilio, bajo una presión mediática atronadora, el independentismo sumaba una nueva mayoría absoluta. Una mayoría que eclipsaba, sin embargo, otro dato espectacular: el gran resultado de Ciudadanos, que apela a la profunda fractura interna.

Con la mayoría en el zurrón, los líderes de la república teatral se sintieron perdonados por los electores. Ya no era necesario explicar por qué el proceso acabó como el rosario de la aurora. La fantasía reaparecía de nuevo, bellamente maquillada. El juez Llarena ha contribuido a ello tratando a los presos con más severidad que si fueran asesinos de ETA. Creyendo que los errores de la república teatral estaban perdonados, Puigdemont, que ganó por sorpresa la competición a ERC, exige ahora un retorno a la presidencia. El legitimismo es el nuevo objetivo del independentismo. Un objetivo más modesto que el de la independencia, pero igualmente imposible, dado que las elecciones no limpian las responsabilidades penales. Al contrario: la forma con que se está gestionando el resultado electoral complica la vertiente judicial del problema. Ciertamente, esta complicación ha obligado al gobierno de Madrid a ser más grosero de lo habitual en la instrumentalización de la justicia. Sabemos que si, años atrás, Rajoy se hubiera dedicado a la política en vez de pasar la patata caliente a los jueces, ahora no estaríamos donde estamos. Pero el PP no necesita maquillaje para instrumentalizar el Estado. En España no pasa nunca nada porque el PSOE, sin Catalunya, no podrá ser nunca más alternativa; y porque si el PP flaquea, Ciudadanos lo sustituirá.

Por todo ello, ahora asistimos a una repetición del proceso. Una repetición intensiva que reproducirá las características ya conocidas: creación de una mística (Puigdemont portador de las esencias), movilizaciones sentimentales, condena moral de tibios y pragmáticos (Torrent sospechoso) y, naturalmente, un contexto policial y judicial asfixiante, que no permite más salidas que la rendición o la ruptura. Esto sólo puede acabar, por consiguiente, de una manera: con una nueva desobediencia (que es lo que ahora reclama el núcleo duro). Más presos, más malestar, más tensión. El “cuanto peor, mejor” no tiene alternativa: ni en Catalunya ni en España.

El conflicto se eterniza. Los antiguos tenían una expresión para definir lo que entre todos hemos hecho: abrir un gran boquete en el barco en el que navegábamos.