Panorámica

31/07/2018 01:10 | Actualizado a 31/07/2018 02:53

Último artículo de la temporada, y, en lógica, pequeño resumen de un momento histórico que podría tomar el título de aquella famosa película, porque ha sido el año que hemos vivido peligrosamente. El periodo que va de la Diada del 2017 al verano del 2018 ha sido la etapa política más tensa y difícil desde la transición, y nada permite creer que el otoño será tranquilo. Porque si una cosa está clara, con los matices que cada franja ideológica quiera ponerle, es que el conflicto catalán está abierto en canal, no muestra síntomas de solución y las posiciones se mantienen pétreas.

En mirada retrospectiva, la primera conclusión aterriza en el campo de la física cuántica, porque estos últimos meses han acumulado una densidad política, social y emotiva de tal magnitud, que parecería que han pasado años desde aquella Diada esperanzada, con el 1 de octubre como gran colofón, y la represión que vendría después. Cada día ha sido un calendario entero, y las noticias han cabalgado a tal velocidad, que han tropezado entre ellas. Probablemente tardaremos años en digerir todo lo que hemos vivido colectivamente, no en vano hemos escrito un capítulo trascendente de la historia de Catalunya. Un capítulo que todavía está abierto, y cuyo resultado es tan nebuloso, que dinamita cualquier tentación de prospectiva.

Con respecto a los hechos más relevantes, no hay duda de que la represión ha sido la madre de todas las noticias, tanto la policial durante el referéndum como la generada a través del 155, o la ejercida por el poder de la toga, con la consecuencia malvada de los presos, encausados y exiliados políticos. Nuevamente, pues, España ha repetido su obcecación histórica de intentar resolver por la violencia del poder establecido aquello que tendría que solucionar por la vía política. A partir de aquí, la aceleración de los acontecimientos ha colapsado todas las portadas, con la traca final de la victoria internacional de Puigdemont sobre el juez Llarena y todo el llanerismo que ha contaminado el espectro judicial, Lamelas y Marchenas incluidos. Es evidente que Llarena puede repetir el sostenella y no enmedalla de patética tradición castiza, pero Alemania ha creado sentencia rotunda, y a partir de aquí, mantener las acu­saciones bunquerizadas de la rebelión, la sedición y etcétera sólo demostrará internacionalmente hasta qué punto no hay justicia, sino represión y venganza.

¿Qué pasará a partir de septiembre? Todo está tan abierto, que todo es ­posible: desde una salida honorable para presos y exiliados (vía Fiscalía o TC) hasta juicios delirantes con condenas de años de prisión; desde el mantenimiento de los dos gobiernos, el catalán y el español, hasta la ace­leración del calendario electoral; y en el trasfondo, el papel de Puigdemont, el Consell de la República y la mirada internacional, cada día más atenta y más crítica. Otoño, pues, caliente e ­incierto.