Delito de engaño

31/10/2017 01:55 | Actualizado a 31/10/2017 02:45

He visto fotos de gente que lloraba en Barcelona. Fue el viernes y lloraban de emoción. Se abrazaban, agitaban banderas, celebraban un sueño largamente acariciado: se habían reunido para dar la bienvenida a la República Independiente de Catalunya y el Parlament acababa de aprobar la esperadísima resolución que abría esa puerta de la historia. Era, efectivamente, para que saltaran las lágrimas.

En el lugar donde se votaba, las escenas que servía la televisión no tenían la misma emoción. No se correspondían en absoluto con el sentimiento de la calle. La foto del momento no era histórica porque mostraba un salón de plenos medio vacío. Falló el sistema de votación electrónica. Hubo que buscar una urna como si fuese un objeto insólito en un Parlamento. La presidenta preguntaba “¿para qué pide la palabra?”. Y entre todos los que pidieron la palabra, nadie pronunció el discurso solemne de la soberanía conquistada. Por supuesto, a nadie se le saltaron las lágrimas.

Resulta inevitable pensar que sus señorías aprobaban la declaración como un trámite obligado por sus promesas, pero sin creer en él. Y resulta inevitable sospechar que sabían –desde luego lo sabían los miembros del Govern– que aquello era una ficción con la vigencia del tiempo que Rajoy tardase en intervenir la autonomía. Eso explica la frialdad, ese impresionante contraste con la pasión de la gente del pueblo, incluso con los alcaldes que esperaban lo que se había prometido.

Después se conocieron las declaraciones coincidentes con el criterio (aunque después negado) de Artur Mas: al margen de los inconvenientes legales y la chapuza del procedimiento, Catalunya no está preparada para ser un Estado independiente. Sin embargo, los promotores del procés lo llevaron al límite. Y siguieron alimentando las esperanzas de los independentistas de corazón. Y dejaron que se les convocara a concentraciones que sabían que terminarían en decepción posterior. A eso se le llama engaño. Si yo fuese fiscal, no presentaría querella por sedición ni rebelión. Buscaría el delito de engaño a la sociedad. Y no me digan que no existe. Si no existe, por el bien de la democracia, lo tendremos que inventar.