CATALUNYA 2019

Juicio, diálogo y calendario electoral



REDACCIÓN
31/12/2018 00:11Actualizado a31/12/2018 03:43

HACE ya siete años que la actividad política orbita en Catalunya alrededor del movimiento independentista. Y el 2019 no va a ser una excepción. No estamos ya en el 2012, cuando se celebró una manifestación del Onze de Setembre multitudinaria y aún transversal. Ni estamos en el 2014, cuando se conmemoró el tricentenario de la caída de Barcelona, con el anuncio de una independencia cercana. Ni en el 2017, cuando los días 6 y 7 de septiembre el Govern vulneró el orden constitucional y estatutario para forzar el establecimiento del nuevo marco legal de una Catalunya independiente, de brevísima duración. Estamos ya en el 2019, año en el que precisamente van a ser juzgados los políticos catalanes que desde altos cargos públicos se aventuraron a proclamar dicha independencia, con un respaldo del 47,8% de los votos.

El juicio contra los líderes del procés será con toda probabilidad el elemento axial de la política catalana en el 2019. El calendario previsto señala mediados de enero para el inicio del juicio oral, que puede prolongarse durante dos o tres meses. Señala finales de marzo para la lectura y presentación de conclusiones. Y señala junio para la emisión de la sentencia del Tribunal Supremo. Lo que suceda en días posteriores será asimismo relevante, puesto que reflejará el impacto producido por el fallo en Catalunya y en su devenir político.

Siete años como los transcurridos desde el 2012 dan para mucho. A una parte mayoritaria del independentismo le han servido a la postre para recapacitar, no ya sobre sus objetivos, sino sobre la pertinencia de los medios empleados hasta ahora para alcanzarlos. El fallo del juicio será, pues, un elemento central en la política catalana del 2019. Pero no lo será menos la capacidad de nuestra sociedad para revisar estrategias y buscar vías de progreso hacia la restauración de una convivencia ahora maltrecha.

Los signos invitan, en este sentido, a un moderado optimismo. Hace ya meses que ERC –fuerza política a la que la última encuesta del CEO da un crecimiento de seis diputados, lo que la convertiría en la primera del Parlament– ha abrazado el pragmatismo. Esto significa que no considera ya la independencia una meta inmediata, consciente de que requiere unas bases y unos consensos que no se daban en el 2017 y que no se dan en la actualidad. La dirección de ERC, que Oriol Junqueras encabeza desde la cárcel de Lledoners, ha sido clara al respecto. No puede decirse lo mismo del PDECat, el partido heredero de Convergència Democràtica de Catalunya, cuyas filas están divididas en partidarios de la vía negociada o de la vía unilateral. En este ámbito se mueven los seguidores del expatriado Carles Puigdemont, que desde su residencia de Waterloo persiste en su denuncia del Estado español, cuya democracia, integrada en la Unión Europea, le parece putrefacta.

Si la temperatura de un país o de un fenómeno político pudiera tomarse con criterios estrictamente matemáticos, esta división del independentismo permitiría constatar que los apoyos que ahora tiene no le dejan más opción que la pactista. Pero el independentismo, siendo una cuestión de números, es sobre todo una cuestión de sentimientos. La inflamación, en este terreno, ha sido muy notable durante los últimos años. Y no cabe esperar que remita de la noche a la mañana. Por ello se hace difícil pronosticar que la preeminencia, en el movimiento independentista, al menos en su esfera teórica, de los partidarios del diálogo vaya a traducirse enseguida en unas políticas que anden sin titubeos por esa vía. Unos y otros deberán ser pacientes.

En todo caso, los síntomas detectados invitan, insistimos, al optimismo. El pasado 21 de diciembre tuvimos pruebas de ello. La decisión del Gobierno de celebrar aquel día el Consejo de Ministros en Barcelona fue calificada por parte del independentismo –incluida la portavoz del Govern de la Generalitat– como una provocación. En las semanas previas se temieron todo tipo de desórdenes para esa jornada. Los CDR y otros grupos afines, todos ellos ajenos a cualquier control, convocaron a sus fuerzas con la consigna de paralizar el país y de tumbar el régimen del 78. La inquietud ciudadana fue en las vísperas más que considerable. Pero el día transcurrió sin incidentes graves. Y fue mejor noticia aún que en las propias filas independentistas tomaron la iniciativa militantes que impidieron que los más radicales se enfrentaran a los Mossos. Aquella actitud, tan valiente como sensata, anuncia nuevos modos en el independentismo, confiamos que de progresiva extensión a lo largo y ancho de Catalunya.

Quizás no haya podido ser de otro modo. El soberanismo lleva siete años bregando en pro de la independencia. Y la ha presentado reiteradamente como algo al alcance de la mano, al caer, inmediato. Sin embargo, la realidad nos dice que a principios del 2019 está quizás más lejos de lo que ha parecido estar desde el 2012. El Estado ha demostrado su nula intención de aceptarla. El procés, como tal, ha sido dado ya por acabado en distintas instancias. Y los soberanistas capaces de discernir entre sus deseos y las posibilidades de hacerlos realidad –hablamos también de no pocos de sus líderes– son conscientes de que el camino transitado hasta ahora llevaba exactamente al lugar donde nos encontramos, y no a otro acariciado en sueños. Por ello, y sin negar la trascendencia del juicio a los líderes independentistas, creemos que lo más relevante que puede pasarle a Catalunya en el 2019 es que progrese por la senda del realismo y del diálogo: nadie debe renunciar a su objetivo político, pero nadie puede imponerlo a los demás por encima del diálogo y la legalidad democrática.

Todo lo expuesto hasta aquí estará sometido a los vaivenes de un peculiar calendario electoral, tercer elemento determinante de la política catalana en el 2019, junto al juicio y los avances del diálogo. Porque para el 26 de mayo están convocadas elecciones municipales en toda España, también las europeas, así como las autonómicas en las trece comunidades no históricas. Y, pese a los deseos de Pedro Sánchez de agotar la legislatura en el 2020, podrían anticiparse las generales, así como las catalanas. Sea cual sea el calendario final y sea cual sea su efecto sobre la política de Catalunya en el 2019 –no es lo mismo el talante pactista del PSOE que la querencia casi obsesiva de los derechistas por el artículo 155 de la Constitución–, deseamos que prime el diálogo sobre la confrontación, y la atención a los problemas sociales más urgentes sobre el manejo de aquellos que no lo son.